DISOCIACIÓN

La cultura no existe separada de su entorno; el ecosistema de los pensamientos, de la sensación y de las emociones es el cuerpo, se necesitan mutuamente, no es una relación separada, no se pueden analizar aislando sus componentes. No hay un ser en un cuerpo muerto.

Vivimos en un medio que tiende a disgregarnos, instruye la mente con consignas precisas de aceptación y conformidad, un medio que nos divide en cuerpo, mente y alma, en suma nos fracciona siendo como somos indivisibles; siempre es más sumiso al grupo un ser fragmentado, rota la autoestima la búsqueda de aceptación lo es todo, y la aceptación la da quien elimina la autoestima: el grupo, solo así se vuelve pujante: destruyendo la unidad para constituir con los restos un mecanismo hercúleo de servicio a la nueva colectividad. Sin embargo no podemos ser felices como grupo, solo se puede ser feliz como ser vivo, completo, complejo, y gozando de una sana independencia. Nadie puede ser feliz malgastando su vitalidad, y eso imperiosamente nos pide el modelo de aceptación imperante, nos demanda el beneplácito, el consentimiento previo para dilapidar nuestra energía vital, derrochándola en un esfuerzo para ser cada vez más semejante a los demás, que también se esfuerzan en ser lo más similares a los otros, hasta que ninguno se parece a nada humano de tanto esforzarse en parecerlo.

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